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La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud mental como un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus capacidades, pudiendo afrontar las problemáticas de la vida, trabajando de forma productiva y fructífera, y siendo capaz de aportar algo a su comunidad.  

La adolescencia constituye una etapa de transición de la niñez a la adultez con cambios madurativos de orden cognitivo, fisiológico, afectivo y psicosocial. Por ello, la adolescencia es un periodo de alta vulnerabilidad para desarrollar problemas de tipo psicopatológico, si no se tienen los recursos personales necesarios. Se estima que aproximadamente el 20% de los adolescentes de todo el mundo presenta problemas mentales o comportamentales (Unicef, 2011). 

Los trastornos más comunes a los que se presentan los adolescentes son trastornos de ansiedad, trastornos depresivos, trastornos del comportamiento (TDAH, comportamientos agresivos, etc), trastornos de la conducta alimentaria, psicosis (alucinaciones o delirios), comportamientos autolesivos, conductas suicidas, comportamientos adictivos (videojuegos, apuestas online, contenidos sexuales, etc) o conductas de riesgo (consumo de sustancias, prácticas sexuales de riesgo, peleas, etc).

Según el barómetro juvenil de salud y bienestar de 2021, el 15,9 % de adolescentes declaran haber padecido problemas de salud mental con mucha frecuencia, frente a la cifra del 2017 del 6,2%, siendo las mujeres quienes casi doblan el porcentaje. Del total de problemas de salud mental declarados, un 36, 2 % afirma contar con un diagnóstico clínico, en su mayoría de depresión o trastornos por ansiedad; es decir, hay adolescentes padeciendo una mala salud mental que no cuentan con un tratamiento profesional adecuado.  Además se ha observado un aumento de la ideación suicida, pasando de estar en un 5,8% en 2019 a un 8,9% en 2021, llegando actualmente a ser la primera causa de muerte no natural en adolescentes. 

Se ha incrementado el porcentaje de población juvenil que lleva a cabo conductas de riesgo como por ejemplo tener relaciones sexuales sin protección (22,4%) o participación en peleas (10,5%) (Sanmartín et al., 2022). Son muchos los factores que pueden afectar a la salud mental de los adolescentes, algunos de ellos son la exposición a la adversidad, la exploración de la identidad, la presión social, la imposición de normas de género, la calidad de vida en casa o las relaciones con sus iguales. Se ha observado que la violencia sexual o la intimidación, una educación muy estricta y problemas socieconómicos constituyen riesgos reconocidos para la salud mental. Existe otro riesgo al que se le ha prestado especial atención en las últimas décadas, las redes sociales y las TICs. El uso de tecnologías ha provocado un cambio importante en la forma de comprender el mundo y ha introducido nuevas formas de comunicación y relación del/de la adolescente con su familia, amistades y hasta con ellos/as mismos/as. El uso de redes sociales puede llegar a ser satisfactorio, como potenciador de ciertas habilidades o como ayuda en diferentes áreas de aprendizaje. Se ha demostrado que el uso de internet involucra una serie de áreas cerebrales como son la corteza prefrontal dorsolateral, el giro temporal, la amígdala y la corteza asociativa parietal; es decir, áreas encargadas de la percepción, atención y motivación. Por lo que, el buen uso de redes sociales, hace aumentar la memoria de trabajo, el aprendizaje perceptual y potencia la atención simultánea; además de ser una fuente de información a nivel mundial y de facilitar la comunicación interpersonal sin importar la distancia. Sin embargo, el uso inadecuado y prolongado de las redes sociales puede constituir riesgos a nivel fisiológico, psicológico y social que pueden generar crisis y conflictos en el adolescente (Pineda y Aliño, 2002).

En una encuesta llevada a cabo por la Royal Society of Public Health se preguntó a jóvenes entre 14 y 24 años en Gran Bretaña de qué forma las redes sociales impactan en su bienestar y salud. Los resultados indicaron que las plataformas más habituales en las redes sociales como Instagram o Twitter aumentaban los sentimientos de ansiedad, depresión, soledad y mala imagen corporal. Morrison y Gore (2010) encontraron que los adolescentes que se consideran adictos a internet presentan mayores niveles de depresión.

De la misma forma, es importante mencionar el aumento del uso de filtros en diferentes plataformas como Instagram o TikTok en los últimos años. Muchos de esos filtros distorsionan la apariencia física de las personas modelando un nuevo estándar de belleza, que resulta inalcanzable. La comparación de su apariencia con la que ven en las publicaciones de las redes les puede generar una permanente frustración, disminución de su autoestima y aumento de preocupaciones, incluso obsesivas, acerca de su aspecto físico. Esto, llevado al extremo, podría dar lugar a la aparición del llamado Trastorno dismórfico corporal. Se trata de un tipo de trastorno obsesivo compulsivo que empuja a las personas a buscar la perfección de su cuerpo. Afecta a una de cada 50 personas, desarrollándose entre los 12 y 13 años, generalmente. Las personas que sufren este trastorno emplean mucho tiempo en la percepción de sus defectos y de qué manera pueden ocultarlo, interfiriendo en la calidad de vida del adolescente. Por otro lado, no es sólo el físico un aspecto por el que compararse, si no los estilos de vida, que en las redes parece siempre idílico. Esto puede ocasionar sensación de fracaso y una infravaloración de su vida actual.

Otras investigaciones han puesto de manifiesto la relación del uso de internet con comportamientos agresivos. En cuanto a esto, la exposición a videojuegos violentos se relaciona de forma directa con conductas, pensamientos y actitudes agresivas (Balerdi, 2011). Además disminuyen los comportamientos prosociales y de empatía hacia las víctimas. Otros posibles efectos de los videojuegos violentos son el aumento de la sensación de miedo y de inseguridad. 

Por último, internet y las redes sociales pueden entrañar serios peligros, debido al anonimato y/o facilidad para falsear la identidad, la rápida difusión de contenidos, etc, que atentan contra la seguridad e integridad de las personas. Algunos ejemplos son el grooming (un conjunto de estrategias que una persona adulta pone en marcha para ganarse la confianza del adolescente con el fin de abusar sexualmente de él o ella), el phishing (engañar a las personas para que compartan información confidencial, contraseñas, números de tarjetas de crédito, etc), el stalking (intromisión indeseada, obsesiva y persistente de una persona en la vida de la otra por medio de mensajes de texto, llamadas telefónicas, cartas o regalos, llegando a utilizar la vigilancia o la persecución) o la difusión de contenido audiovisual de carácter íntimo y privado sin el consentimiento de quien/quienes aparecen en dicho contenido, peligro potencial asociación al sexting (práctica que consiste en compartir imágenes de tipo sexual o personal por medio del teléfono u otros medios). Relacionado con esto último, la sextorsión supone el chantaje por parte de un ciberdelincuente a la víctima, bajo la amenaza de la publicación de imágenes privadas o comprometidas que se tiene del damnificado o de la damnificada. Además, existe el ciberbullying, violencia virtual por medio de las redes sociales desde el anonimato. Suele ser una extensión del acoso escolar. En este sentido, cabe destacar que la prevalencia de ciberacoso en España se encuentra en un 6,3% de ciber-víctimas en población adolescente (Calmaestra et al., 2016). La existencia y prevalencia de estos peligros en aumento por las redes pone en relieve la necesidad de concienciar a los adolescentes sobre qué contenidos se comparten con ciertas personas, ya que pueden llegar a convertirse en posibles víctimas de engaños y acosos.  

Los retos virales también están causando un impacto en los adolescentes, pues bajo la simple apariencia de un juego se esconde un enorme riesgo que puede producir graves lesiones o incluso la muerte. Uno de los más populares fue “La ballena azul”, consistente en ir superando una serie de pruebas peligrosas hasta llegar al reto final, el suicidio del adolescente. Existen otros retos virales peligrosos como “El desafío de las 48 horas” (irte de tu casa 48 horas sin avisar a nadie y sin forma de comunicarse), “Quien duerme el último, gana” (tomar fármacos ansiolíticos), lamer tapas de váter, “Benadryl Challenge” (consistente en tomar la mayor cantidad posible de estas pastillas, recetadas como medicamento antihistamínico, para el tratamiento del insomnio y de la enfermedad de Parkinson, y comentar a la cámara qué tipo de alucinaciones experimentan, producto de los efectos en altas dosis), etc. 

Estos retos, con sus efectos y consecuencias en la propia salud, y el uso irresponsable de las redes y tecnologías han causado temor, acoso, robo de información privada, inicio de trastornos físicos y psicológicos como ansiedad, depresión o insomnio, etc, que han propiciado el suicidio en númerosos casos de adolescentes como “solución» a todo el malestar generado. 

Por todo esto, es de vital importancia concienciar a adolescentes y padres en la existencia de este tipo de problemas y riesgos para la salud del propio adolescente e intervenir en la promoción de la salud mental fortaleciendo la capacidad para regular sus emociones, potenciando las alternativas a comportamientos de riesgo, desarrollando una forma sana de afrontamiento ante situaciones difíciles y promoviendo entornos favorables para el o la joven. Además, es imperioso enseñar a esta población a hacer un buen uso de las redes sociales, diferenciando las conductas seguras de las no seguras y poniéndoles en conocimiento de los peligros o riesgos que pueden llegar a causar el uso indebido de las redes sociales para que tomen sus decisiones de forma responsable.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Álvarez García, D., Soler, M. J. y Cobo Rendón, R. (2019). Bienestar psicológico en adolescentes: relaciones con autoestima, autoeficacia, malestar psicológico y síntomas depresivos. Revista de orientación educacional, 33(63), 23-43.

Avellaneda Avellaneda, J. y Osorio Quintero, A. M. (2021). Los retos virales son riesgos digitales latentes y cambiantes. [Archivo pdf].  

https://hdl.handle.net/10901/23751.

Balerdi, F. E. (2011). Videojuegos violentos y agresividad. Revista interuniversitaria, 18, 31-39.

Acervo digital educativo. (1 de febrero de 2016). Yo a eso no Juego: Bullying y Ciberbullying en la infancia. https://ade.edugem.gob.mx/handle/acervodigitaledu/30874

Fundación FES Social (2005). Estudio nacional de salud mental-Colombia 2003.

Morrison, C. M. y Gore, H. (2010). The relationship between excessive Internet use and depression: a questionnaire-based study of 1,319 young people and adults. Psychopathology, 43(2), 121-126. 

https://doi.org/10.1159/000277001

Pagador Otero, I. y Llamas Salguero, F. (2014). Estudio sobre las redes sociales y su implicación en la adolescencia. Enseñanza & Teaching: Revista interuniversitaria de didáctica, 32(1), 43-57.

https://doi.org/10.14201/et20143214357

Pineda, S., y Aliño, M. (2002). Manual de prácticas clínicas para la atención integral a la salud en la adolescencia. Cuba: MINSAP.

Rodríguez Puentes, A. P. y Fernández Parra, A. (2014). Relación entre el tiempo de uso de las redes sociales en internet y la salud mental en adolescentes colombianos. Acta colombiana de psicología, 17(1), 131-140. doi:10.14718/ACP.2014.17.1.13

Sanmartín, A., Ballesteros, J. C., Calderón, D. y Kuric, S. (2022). Barómetro Juvenil 2021. Salud y bienestar: Informe Sintético de Resultados. Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, Fundación FAD Juventud. https://www.adolescenciayjuventud.org/publicacion/barometro_salud_bienestar/

Varona-Fernández, M. N. y Hermosa-Peña, R. (2020). Percepción y uso de las redes sociales por los adolescentes. RqR Enfermería Comunitaria. 8 (2), 18-30.

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